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Asesinan y asaltan a taxista en Rancho Viejo

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Taxista se­xa­ge­na­rio fue ase­si­na­do a pu­ña­la­das y des­po­ja­do de 30 mil pe­sos la ma­ña­na del miercoles, cuan­do es­ta­ba en el in­te­rior de su do­mi­ci­lio en la co­lo­nia La Vic­to­ria, al fi­nal de Ran­cho Vie­jo, don­de su pa­re­ja sen­ti­men­tal, de 32 años, fue sujetada.

Las cir­cuns­tan­cias de es­te apa­ren­te asal­to que ter­mi­nó en ase­si­na­to no han que­da­do cla­ras y de he­cho sur­gie­ron sos­pe­chas con­tra la pro­pia pa­re­ja del aho­ra oc­ci­so y con­tra el hi­jo de és­ta, de 15 años, quien tam­bién es­ta­ba en la ha­bi­ta­ción al mo­men­to del ilí­ci­to.

Los pri­me­ros re­por­tes se­ña­la­ron que dos su­je­tos en­tra­ron a la vi­vien­da de Fran­cis­co de Asís Puc Ciau, de 68 años, po­co an­tes de las 11:00 ho­ras, cuan­do és­te aca­ba­ba de re­gre­sar, lue­go de ha­ber co­bra­do 30 mil pe­sos por sus la­bo­res co­mo pa­la­pe­ro.

Puc Ciau fue ase­si­na­do a pu­ña­la­das, mien­tras que su pa­re­ja sen­ti­men­tal, Mart­ha Pa­tri­cia Cauich Can, de 32 años, fue ama­rra­da de las ma­nos con un ca­ble, mien­tras que el hi­jo de és­ta, de 15 años, úni­ca­men­te fue ame­na­za­do de muer­te pa­ra que per­ma­ne­cie­ra quie­to.

El do­mi­ci­lio don­de ocu­rrió el cri­men es­tá en una zo­na des­po­bla­da, al fi­nal del ca­mi­no as­fal­ta­do de Ran­cho Vie­jo, y a unos 50 me­tros se ubi­ca otra vi­vien­da, don­de uno de los mo­ra­do­res es­cu­chó los gri­tos de la mu­jer y al acu­dir a ver­la, no­tó que es­ta­ba ama­rra­da.

Mart­ha Pa­tri­cia di­jo pri­me­ro a los agen­tes ju­di­cia­les que fue­ron dos su­je­tos los que co­me­tie­ron el ase­si­na­to y el ro­bo, pe­ro lue­go ma­ni­fes­tó que fue un gru­po de su­je­tos.

Lo ex­tra­ño de es­te ca­so es que los de­lin­cuen­tes sa­bían que el aho­ra oc­ci­so aca­ba­ba de re­ci­bir una fuer­te su­ma de di­ne­ro y prác­ti­ca­men­te es­pe­ra­ron a que lle­ga­ra a su do­mi­ci­lio pa­ra des­po­jar­lo de 30 mil pe­sos.

La mu­jer men­cio­nó que al en­trar al do­mi­ci­lio abrió una puer­ta pos­te­rior pa­ra que en­tra­ra ai­re fres­co, de­bi­do al ca­lor en el in­te­rior, y por ahí in­gre­sa­ron los mal­he­cho­res.

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